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El mal llamado “Síndrome de Hybris”

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TotalNews Agency.

A partir de la situación Argentina, cobró tanta actualidad aquí y ahora un artículo del médico inglés David Owen, que describía y criticaba la situación política de su país bajo Tony Blair, hace casi diez años, inspirado -a su vez- en otra obra: “Hybris: a study in the values of honour and shame in ancient Greece”. (Fisher, Nick (1992).Warmister, Reino Unido: Aris & Phillips. ISBN 9780856681448) La traducción sería “Hybris: Un estudio sobre los valores del honor y la vergüenza en la Grecia antigua”.

Se preguntaba el autor: ¿Por qué George Bush, con toda la ciudadanía e incluso miembros de sus propios gabinetes en contra, decidió invadir Irak? ¿Por qué perdió el contacto con la realidad e hizo caso omiso a los informes de Inteligencia que decían que allí no había terrorismo?

El neurólogo David Owen cree que parte de la culpa fue del “síndrome Hubris” [en realidad la palabra griega es Hybris ?????], un trastorno común entre los gobernantes que llevan tiempo en el poder.

Porque fueron los griegos los primeros que utilizaron la palabra “hybris” para definir al héroe que lograba la gloria y [de allí viene la palabra] “ebrio” de éxito se empezaba a comportar como un Dios, capaz de cualquier cosa.

Este sentimiento le llevaba a cometer un error tras otro. Como castigo al “hybris” está la “Némesis”, que devuelve a la persona a la realidad a través de un fracaso. En el derecho griego, la hybris se refiere con mayor frecuencia a la violencia delirante [ebria] de los poderosos hacia los débiles. En la poesía y la mitología, el término fue aplicado a aquellos individuos que se consideran iguales o superiores a los dioses.

Hybris es a menudo aplicado como término peyorativo en política. Como la hibris está relacionada con el poder, suele ser usado por personas relacionadas con partidos políticos de la oposición contra aquellos que ostentan una cuota de gran autoridad temporal que no desean resignar.

El historiador británico Arnold J. Toynbee, en su voluminosa Introducción al Estudio de la Historia (12 tomos), introdujo y utilizó el concepto de hibris para explicar una posible causa del colapso de las civilizaciones, como variante activa de la némesis de la creatividad.

Neville Chamberlain, Hitler, Margaret Thatcher en sus últimos años, George Bush o Tony Blair son solo algunos de los líderes que han sucumbido al “Hibris”, un problema que no está caracterizado como tal por la medicina, pero que tiene síntomas fácilmente reconocibles, entre los que destacan una exagerada confianza en sí mismos, desprecio por los consejos de quienes les rodean y alejamiento progresivo de la realidad.

“Las presiones y la responsabilidad que conlleva el poder termina afectando a la mente”, explicaba Lord Owen al diario “Daily Telegraph”, que ha recogido en su nuevo libro “In Sickness and in Power” (“En la enfermedad y en el poder”) las conclusiones de seis años de estudio del cerebro de los líderes políticos. “El poder intoxica tanto que termina afectando al juicio de los dirigentes”, dice en su libro.

Llega un momento en que quienes gobiernan dejan de escuchar, se vuelven imprudentes y toman decisiones por su cuenta, sin consultar, porque piensan que sus ideas son las correctas. Por eso, aunque finalmente se demuestren erróneas, nunca reconocerán la equivocación y seguirán pensando que están en la senda correcta. Son megalómanos.

En efecto la megalomanía es un estado psicopatológico caracterizado por los delirios de grandeza, de poder, de riqueza u omnipotencia -a menudo el término se asocia a una obsesión compulsiva por tener el control. La palabra deriva de dos raíces griegas, manía (obsesión) y megas (grande). A veces es un síntoma de desórdenes psicológicos como el complejo de superioridad o la compulsión eufórica, donde el sujeto aquejado de esta perturbación tiende a ver situaciones que no existen, o a imaginarlas de una forma que sólo él termina creyéndose. Las puede emplear para manipular sentimientos y situaciones de cualquier tipo. Es un mal estudiado por los especialistas desde tiempos muy remotos. Los ejemplos históricos más comunes están dados por los emperadores más crueles, los monarcas absolutistas o los dictadores.

Una persona más o menos normal se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Internamente tiene un principio de duda sobre si realmente tiene capacidad para ello. Pero pronto surge la legión de incondicionales que le felicitan y reconocen su valía. Poco a poco, la primera duda sobre su capacidad se transforma y empieza a pensar que está ahí por méritos propios. Todo el mundo quiere saludarle, hablar con él, recibe halagos de belleza, inteligencia… y hasta seduce.

Esta es sólo una primera fase. Pronto se da un paso más “en el que ya no se le dice lo que hace bien, sino que menos mal que estaba allí para solucionarlo y es entonces cuando se entra en la ideación megalomaníaca, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituibles”. Es entonces cuando los políticos “comienzan a realizar planes estratégicos para 20 años o más, como si ellos fueran a estar todo ese tiempo, hacer obras faraónicas o a dar largos discursos, peroratas y disertaciones sobre temas que desconocen”.

Pero no queda aquí la cosa. Tras un tiempo en el poder, los afectados por el “hybris” padecen lo que psicopatológicamente se llama “desarrollo paranoide”.

 “Todo el que se opone a él o a sus ideas son enemigos personales, que responden a envidias. Puede llegar incluso al trastorno delirante, que consiste en sospechar de todo el mundo que le haga una mínima crítica y a, progresivamente, aislarse más de la sociedad.

“Y, así, hasta el cese o pérdida de las elecciones, donde, tras el derrumbe repentino de su castillo de naipes, se desarrolla un cuadro depresivo ante una situación que no comprende”, concluye el artículo científico publicado en Londres.

 
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